martes, 28 de febrero de 2012

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En defensa de la masculinidad
Por: Lydia Cacho - febrero 9 de 2012 - 0:02
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El pequeño de ocho años estaba sentado frente a mi, pellizcando las puntas de sus dedos y alternaba esa acción ansiosa rascándose la cabeza. Le ofrecí que me preguntara lo que quisiera, había que establecer un vínculo de franquezas. Su pregunta fue si yo podría conseguirle una arma “como esas que usan los sicarios”. La quería para ir practicando, convencido de que una vez que tuviera la fuerza suficiente podría ir en busca de su padre, el agresor que intentó matar a su madre.

Tito no tiene otra respuesta a la violencia que experimentó y presenció desde su nacimiento hasta cumplir la edad en que se considera a sí mismo un “niño mayor, listo y que no es marica porque sabe defenderse”. Para él, ser marica es lo más parecido a ser como su madre, es decir, desde su mirada infantil la mujer es débil, sumisa, tonta, porque “permitía” que el marido la mantuviera amenazada de muerte y con un maltrato psicológico que supera cualquier golpe. Y aunque el pequeño confiesa que la ama y la protegerá siempre, su miedo más profundo, casi descrito como terror, es convertirse en algo parecido a la mujer que le dio vida, que le procuró cariños y alimentos, que le contaba cuentos lindos por las noches para ahuyentar el miedo al ruido de la puerta cuando el padre volvía de noche.

Con apenas ocho años, Tito está convencido de que ser hombre es, necesariamente, ser violento y que hay que obtener poder a toda costa, porque, según sus palabras, “este mundo no es para cobardes”; una frase que escuchó en una película a la cual su padre lo llevó. En ella todos mataban, asegura, y la única manera de seguir vivo, concluye, es sabiendo que podrás matar a tu enemigo.

Dibuja en una hoja blanca. Elige la crayola negra y todo lo que vierte es caótico, informe; aprieta el puño para sostener el instrumento con que se desahoga, le pregunto qué dibuja. Sin mirarme, responde que nada. Lo miro en silencio, en pleno día su noche se derrama sin forma, sabe nombrar su ira, pero no su dolor ni su miedo. Porque él, como miles de niños maltratados, han aprendido a fuerza de malos tratos y de malos ejemplos de héroes masculinos que ser hombre es duro, que para soportar esa dureza hay que ser fuerte, negar el dolor y las emociones y construir herramientas mentales de negación que les permitan subsistir en su vida adulta.

Ser hombre para estos pequeños significa pasarse la vida huyendo de la debilidad, de las emociones, de eso que ellos conectan desde su mirada y su experiencia vital como lo femenino. Aman a su madre por ser dulce y cuidarlos, la odian por ser débil y por no ser como un hombre. Admiran y aman a su padre porque es proveedor y les acompaña en rituales como ver futbol; lo odian por ejercer violencias de diversos tipos, por hacerles sentir inseguros y abandonados.

Resguardados en albergues del Estado, en “casas filtros” del DIF, en hospicios de todo tipo, los hombres pequeñitos reciben terapias, pero casi nunca se les entregan las herramientas para mirar, entender y construir una masculinidad que no sea violenta. Una masculinidad que no sea maltratadora, abusiva del poder, sexista. Y aprenden a admirar a hombres que los maltratan, que violentan a las mujeres de su entorno, que pagan por sexo como un ritual de poder en que son sujetos y ellas objetos.

Los niños aman en contradicción profunda e incomprensible al actor principal de sus pesadillas. Al que puede ser su único modelo a seguir.

Aman a los padres que los abandonaron emocional o incluso físicamente y buscan siempre argumentos que la cultura y la sociedad les facilitan para justificarlos. Porque se quedó viudo, porque no tenía trabajo, porque el alcohol le hace daño, porque le hacen enojar y su violencia es siempre culpa de los otros. Todo a su alrededor, o casi todo, desde el cine, las caricaturas y el discurso social confabula para convencer a los niños de que la única manera de sobrevivir a un mundo abusivo, corrupto, violento, es sometiéndose al culto de la masculinidad. Como si sólo hubiera ese mundo.

Casi todas las bandas criminales juveniles del mundo tienen ritos iniciáticos de violación; ritos de masculinidad que nada tienen que ver con el sexo y mucho con el abuso del poder y el dominio del cuerpo de las mujeres. Miles se unen a bandas con la esperanza de ser aceptados para huir del mundo de los débiles, el mundo de la vulnerabilidad.

Basta ver los miles de soldados jóvenes que vuelven de la guerra con traumas inmensos, forzados, como dice la periodista Gloria Steinem, a ejercer violencia en contra de su voluntad, de lo que les dicta su conciencia, pero lo hacen porque se los ordenan los generales. Y lo mismo sucede con los bullies más poderosos de escuelas que luego de ejercer violencia psicológica incitan a los más débiles en la cadena a lastimar a otros.

Millones de niños pasan la infancia sin saber que hay otra forma de ser hombre que no es esa en que, para ser aceptado en el mundo de los masculino, hay que humillar, golpear, maltratar, corromper y mentir. Un mundo que los hipersexualiza venerando a sus genitales, desconectados de sus emociones eróticas y amorosas, y como resultado, ellos hipersexualizan a las mujeres como objeto y no como sujeto de su deseo.

Estos niños merecen más que un hospicio, más que sólo alejarlos de los agresores, merecen terapias con una perspectiva de masculinidad igualitaria. Merecen la posibilidad de hacerles ver cómo se construyen los roles de género injustos en que unas sirven y otros comen, en que unos parrandean y otras cuidan bebés, en que unos son sujetos y otras objetos. Steinem asegura que en las sociedades más igualitarias los roles de género, es decir, lo que “es femenino” y lo que “es masculino” no están polarizados, sino fluyen.

Por eso las políticas públicas con perspectiva de género no funcionan, porque se cree que decir perspectiva de género es decir mujeres. Y sí, el trabajo con mujeres y niñas es indispensable, pero si no fluye paralelamente con el de los niños y hombres, la igualdad nunca llegará. Tito debería de saber desde niño que puede ser poeta, escritor o bailarín (en lugar de ser sicario) que sin importar el oficio o profesión que elija no dejará de ser un ser humano único, que simplemente nació en un cuerpo de hombre, y que ser hombre puede ser una experiencia maravillosa, llena de gozo, de afectos, de capacidad para crear armonía social y personal. Necesita otro tipo de héroes cotidianos, de hombres congruentes que donen parte de su tiempo libre, como hacen miles de mujeres, para romper el círculo vicioso de la violencia machista.

@lydiacachosi


FUENTE: http://www.sinembargo.mx/opinion/09-02-2012/4825