lunes, 20 de abril de 2009

Homilía en Memoria de Katya Miranda Jon Sobrino EL SALVADOR elfaro.net


Homilía en memoria de Katya Miranda (*)

Jon Sobrino / Fotos de Mauro Arias
cartas@elfaro.net
Publicada el 13 de abril de 2009 - El Faro

A qué hemos venido. Estamos aquí, en este gimnasio convertido en capilla, invitados por las hermanas del Sagrado Corazón y la comunidad educativa de este colegio, por el Instituto de Derechos Humanos de la UCA, IDHUCA, y sobre todo por Hilda María, la mamá de Katya Miranda, quien nos ha escrito una entrañable carta.

En este país Katya se ha convertido en nombre sagrado, como el de monseñor Romero. Todos queremos mantenerla viva entre nosotros. Y que su presencia sea vivificante. Que nos haga vivir para los demás, muy especialmente para las víctimas, antes que para nosotros mismos.

Hemos comenzado la eucaristía pidiendo perdón por el gravísimo pecado que hemos cometido en este país, y en todo el mundo, contra las niñas y los niños. Ahora queremos comprometernos a trabajar por ellos, para que se conozca su verdad, se les haga justicia y se les ofrezca reparación. Esto significa transformar radicalmente nuestra sociedad. Ante todo, que no se repitan abominaciones como la de Katya. Y significa trabajar con esperanza y decisión para que en lugar de la impunidad reinante se imponga el rendir cuentas, y para que la mentira quede enterrada por la verdad, la corrupción por la honradez, la insensibilidad por la compasión y el leguleyismo que da muerte por el espíritu que da vida.

Se lo debemos a las víctimas. A Katya, víctima infantil, sin voz, inocente e indefensa, y a los miles de niños y niñas de El Sumpul y El Mozote. Y se lo debemos a monseñor Romero, víctima en la madurez de la vida, de palabra poderosa, ánimo para unos y juicio para otros, y a los miles de salvadoreñas y salvadoreños comprometidos con la justicia y la verdad: maestros y estudiantes, religiosas y sacerdotes, campesinos y campesinas sobre todo.

Estamos en una capilla. Lo que acabamos de decir puede proclamarse en plazas, universidades y salas de audiencias, y ojalá se hable de ello en discursos políticos, conferencias de derechos humanos, querellas judiciales. Cada una de esas palabras puede ayudar, de una manera específica, a recordar a Katya y a comprometerse con ella.

Pero Hilda María nos ha invitado a venir a una “capilla”, que es la casa de todo ser humano de buen corazón, sobre todo la casa de pobres y sufrientes. Y es la casa de Dios. Hilda María cree que “en la capilla” podemos pensar y comprometernos, muy específicamente, “desde Dios”. Y eso, para personas creyentes, es muy importante.

No lo ha hecho por rutina, como se nota en la formulación de lo más querido para ella. Al invitarnos nos dice que cuando piensa en Katya sabe “que está en los brazos de nuestro amado Señor Jesús”. Y cuando piensa en sí misma dice: “Le pido a Dios que me dé más fortaleza”. Recita una larga letanía de personas e instituciones a quienes agradecer, pero “ante todo a Dios Todopoderoso”.

Que estemos ahora en una capilla y celebrando una eucaristía -el asesinato y la resurrección de Jesús, una víctima- no es, pues, pura circunstancia. No es sólo una forma posible de recordar a Katya, sino que tiene un inmenso potencial. En una capilla podemos hablar con total libertad, sin tener que cuidar -a veces maquillar- el lenguaje y el concepto para que sean correctos bajo la presión de todo tipo de poderes: políticos, militares, económicos. Y podemos hablar con total radicalidad, sin tener que medir la hondura -o la locura- de lo que denunciamos y anunciamos.

Y eso es así porque en una capilla estamos ante Dios y recordamos a Jesús, defensor de las víctimas y víctima él mismo. Ante Dios -y muy posiblemente sólo ante Dios- podemos formular los sueños más queridos de los seres humanos -por ahí quiero empezar-, que se hacen más hondos ante la pesadilla que son los sufrimientos de los niños. Es cierto que la realidad nos hace regresar a esas pesadillas, pero ante Dios podemos soñar con fundamento. Aunque casi siempre ocurre lo contrario, en la cruz de Jesús “el verdugo no triunfó sobre la víctima”, pues Dios le devolvió a la vida. Pero no sólo eso. El crucificado desencadenó historia, una Iglesia como la de monseñor Romero. Y su Espíritu se ha manifestado en la fuerza de testigos y mártires, un inmenso mar de nobleza y generosidad.

Hoy, recordando a Katya, seguimos soñando que resplandezca la verdad y termine la impunidad. Soñamos con el milagro que acarició Ezequiel: “Que el corazón de piedra se transforme en corazón de carne”. Y con la utopía de Isaías: “Que lobos y corderos coman juntos”.

Y ante Dios, no sólo ante la firma de acuerdos, ni siquiera ante nuevas leyes, por difícil que sea, podemos soñar lo más difícil: que los victimarios, asesinos y violadores, tengan el coraje de pedir perdón, y el coraje mayor de aceptar el perdón que les ofrecen las víctimas. Sólo cuando los victimarios pidan perdón y se dejen perdonar, el país cambiará radicalmente. Ante Dios podemos soñar que Katya y todos los niños y niñas víctimas pueden ablandar y tocar las fibras más hondamente humanas de los mayores.

El horror en la calle: la muerte y el abuso de los niños. Todo esto puede parecer locura, y lo es, pues una capilla es lugar de sueños y locuras. Pero Dios es el primero que nos pide salir de la capilla e ir a la calle, para transformarlos en compromiso, trabajo y lucha. Que estos sueños se hagan realidad siempre ocurrirá con ingentes problemas y graves riesgos, y siempre en lucha contra quienes no quieren aceptar los sueños que humanizan. Los resultados podrán ser pequeños y desanimantes, pero pueden crecer como el grano de mostaza y convertirse en árbol frondoso.

La decisión de seguir luchando por las víctimas, siempre, sin claudicar, puede ser cosa de la capilla, pero en la calle lo primero que se nos exige es la honradez con lo real: ver cómo campea la cultura de la muerte, que se ceba en los niños y las niñas. Cada cinco segundos un niño muere de hambre, “asesinato”, lo llama Jean Ziegler, pues hoy es fácilmente posible eliminar el hambre. En el Congo cada kilo de coltán, mineral estratégico del que se apoderan las empresas de occidente para construir misiles y teléfonos celulares, cuesta la vida de dos niños, quienes lo buscan escarbando en recovecos de las montañas, y mueren bajo la lluvia, llevados por riadas o asfixiados. El abuso de niños y niñas, según los informes, va en aumento en la región centroamericana. Ésta se ha convertido además -especialmente Costa Rica y El Salvador- en destino de turismo sexual. Y con tristeza y vergüenza tenemos que añadir, los casos de pedofilia de los sacerdotes en varias partes del mundo.

En la “calle” tenemos que combatir y eliminar ese horror. Y desde la “capilla” tenemos que escuchar las palabras de Jesús: “Al que escandalice a unos de esos pequeños que creen sería mejor para él que le pusieran alrededor del cuello una piedra de molino y lo echasen al mar” (Mc. 9, 42). ¡Qué diría hoy Jesús de Nazaret!

El compromiso: un colegio que mantiene viva a Katya. En la ”calle” también nos encontramos con gente que lucha por los niños. Katya ha desencadenado una corriente de generosidad y de trabajo desconocidos. La Hermana Nidia, rectora de este colegio, lo ha dicho magníficamente, al leer el comunicado de la comunidad educativa. “A Katya la mató el sistema, y la ha resucitado la sociedad”.

Muchos hombres y mujeres, muchos niños y niñas de El Salvador, no han dejado que Katya caiga en el olvido. Desde 2004 se han recogido 46 mil firmas para forzar a la Fiscalía a reabrir el caso, y el apoyo proviene -cosa nada habitual- de personas e instituciones de ideologías diferentes e incluso contrarias. Katya ha ayudado a que la población abra los ojos a lo que pasa con otros niños y niñas; a que padres y maestros cuiden mejor de sus hijos y alumnos; a que médicos y jueces tomen mayor responsabilidad en estas situaciones. El colegio donde estamos ha acompañado incondicionalmente a Katya durante estos 10 años. Toda la comunidad, las hermanas oblatas, profesorado, personal administrativo, alumnos. Son un ejemplo a seguir

Hace valer lo más humano de los derechos humanos. El IDHUCA ha trabajado con denuedo y sin desfallecimiento, en medio de grandes dificultades, falsedades y vilezas, que aconsejaban abandonar el trabajo, y hasta el día de hoy persiste firme en exigir el esclarecimiento del caso. Lo más importante que ha conseguido ha sido, quizás, generar conciencia colectiva de que las víctimas tienen dignidad, que esa dignidad hay que respetarla y promoverla. Conciencia colectiva, también, de que hay que exigir verdad y mantenerse en ello, proclamando que el fundamento y las razones de la verdad no están en manos de políticos, ni del Ejecutivo, ni del poder judicial. Las víctimas son el sacramento primordial de la verdad. Y son la máxima autoridad, en palabras de Metz, ante la que no hay apelación posible. La poseen antes que quienes están investidos de cualquier potestad en la sociedad civil y eclesial.

Este trabajo del IDHUCA es una lucha implacable contra la impunidad, y será un gran logro la abolición de la injusta amnistía de 1993. Con todo, el fruto más humanizador y duradero es la superación del miedo, de lo cual dieron un magnífico ejemplo las víctimas que hablaron en la Semana de la Justicia Restaurativa, celebrada en la UCA. Hablaron con libertad, con dignidad, con creatividad en sus peticiones y exigencias, muchas veces con la mano tendida para conceder perdón. Y hablaron sin miedo.

En el trabajo por Katya, lo más profundo que está en juego -pienso- no es ganar un caso, sino ganar libertad en contra del miedo, ganar audacia en contra de la arrogancia y el poder, ganar esperanza en contra de la resignación. Lo que está en juego es ganar humanidad. En la medida en que esto ocurre “otro El Salvador es posible”.

Tarea de todos. Todos tenemos que trabajar para que se haga realidad lo que acabamos de decir. He hablado del colegio y del IDHUCA, pero lo debemos hacer todos. En cualquier caso por ser humanos, y ciertamente si somos cristianos. Trabajar por lo humano violado -por los derechos humanos- no es patrimonio ni obligación de una profesión, sino que es la profesión de todos, y con características específicas. Es una vocación, respuesta a la llamada que no podemos ignorar: vivamos y trabajemos para ser todos humanos. Es devoción, pues debemos aplicarnos a la tarea con fervor en el trabajo y con veneración hacia las víctimas, los Cristos crucificados de hoy. Está transida de profecía, lo que garantiza la autonomía propia de lo humano aun en los cauces legítimos de argumentación doctrinal y jurídica, y sobre todo profundidad. Y está transida de utopía, manteniendo siempre esperanza, la de las víctimas: habrá lugar para lo bueno (eu-topía) para lo cual ahora no hay lugar (ou-topía). Ejemplo preclaro de esta tarea, profesión y vocación, con devoción, profecía y utopía, es monseñor Romero.

Finalmente, en la capilla ante Dios. Katya se ha convertido en un símbolo de horror, pero también del despertar de un sueño macabro y de la sacudida a la indolencia de no hacer nada. En su lugar ha aumentado el trabajo y la creatividad. Terminamos con tres frases de la Escritura que nos animen e iluminen en la tarea.

“¡Consuelen, consuelen a mi pueblo!” (Ls. 40, 1), nos sigue pidiendo Dios ante el dolor de víctimas y supervivientes.

“Ya se te ha dicho, oh hombre, oh mujer, lo que debes hacer: ‘practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente con tu Dios’” (Mi. 6, 8), nos sigue exigiendo Dios.

“Dichosos los que mueren en el Señor” (Apoc. 14, 13), palabras de consuelo ante la pregunta por la muerte de Katya y de muchas otras víctimas y mártires.

Termino con palabras de la carta de Hilda María: “Que Dios me los bendiga, proteja y cuide siempre y que nos permita un día no muy lejano abrazarnos y darle gracias por esa verdad y esa justicia que desde ya declaro podremos entregarle a Katy y a todos los que al igual que ella están a espera de ésta.”

Que la firmeza y generosidad de Hilda María
el amor de monseñor Romero
y la misericordia de Jesús a las víctimas
nos iluminen y acompañen siempre.

(*) Esta versión escrita de la homilía que con motivo de los 10 años del asesinato de la niña Katya Miranda pronunció Jon Sobrino el 4 de abril de 2009 en el colegio Sagrado Corazón, fue preparada por el sacerdote para publicarse en El Faro.net.”
FUENTE: http://www.elfaro.net/secciones/Noticias/20090413/noticias3_20090413.asp
Vea también: Katya Miranda: el triunfo de la impunidad
http://www.elfaro.net/secciones/especiales/katya_miranda/index.html