lunes, 27 de septiembre de 2010

El camino de la homosexualidad en la prisión CONTRAPUNTO EL SALVADOR

DOMINGO, 26 SEPTIEMBRE 2010  


Salieron del “closet” hace años y le dieron vida a la mujer que llevan dentro. Ahora en la cárcel, luchan por su derecho de ser ellas y no dejar morir la elección de su identidad.



Por Tomás Andréu



SAN SALVADOR – Desde la niñez les atrajeron las personas de su mismo sexo. No escondieron su homosexualidad y eso les costó una factura que aún siguen pagando. Ahora purgando sus condenas en la cárcel, se las ingenian para darle vida a la mujer que llevan dentro.



Si la homosexualidad es un camino difícil en la vida secular de una sociedad, ¿cómo lo es dentro de una cárcel, en un territorio pensado para hombres y mujeres, donde la rudeza y la ley del más fuerte se imponen?



En los 19 centros penitenciarios de El Salvador existe una comunidad “gay” (declarada o que se escuda bajo el silencio), pero solo el Centro Penal de Sensuntepeque, en Cabañas, tiene asignado un lugar para homosexuales, travestis y transexuales. Un purgatorio menos hostil de los derechos de aquellos que poseen una orientación sexual distinta del resto.



Con un total de 330 personas, el penal de Sensuntepeque está dividido en tres sectores. Uno para hombres (179 / sector I), otro para homosexuales (48 / sector II) y un tercero para mujeres (103 / sector III). Solo las mujeres no tienen comunicación con el  resto de los privados de libertad. En su sector, según información de las autoridades del penal, solo una mujer se declaró lesbiana.



Un cántico cristiano se agudiza mientras los pasos aproximan al sector II. Un guardia de seguridad es acompañado por dos personas que pertenecen a la comunidad “gay” ahí recluida. Son Frida y Jenny. La primera es una morena de cabellera larga que viste ropa deportiva tallada a su cuerpo, como si estuviese lista para sus ejercicios matutinos. Tiene 22 años.



Jenny, por su parte, es de baja estatura, trae maquillaje, uñas largas cubiertas de pintura roja. Se ve mayor que Frida, su compañera de celda, pero Jenny es más extrovertida y franca al hablar. Ambas tienen mucho en común, tanto fuera como dentro de la celda. Ellas velan por los derechos de su sector ante las autoridades penitenciarias.



Frida lleva dos años dentro del penal de Sensuntepeque. Le faltan ocho para salir en libertad. Su condena fue por tráfico de drogas. Jenny lleva cinco años de los doce que tiene que purgar. Está privada de libertad por robo y lesiones agravadas. Ambas descubrieron su homosexualidad en la niñez. Con el paso del tiempo no la ocultaron. Hoy se sienten libres de mostrar su orientación sexual, a pesar que estén detrás de rejas.



El descubrirse sexualmente distinto, le valió a Jenny que la expulsaran del hogar. Las calles con sus penas y alegrías fueron su familia adoptiva. Frida lo ocultó hasta la adolescencia. Desde entonces conoce la discriminación, aún dentro de la cárcel:



“La discriminación afuera como aquí es casi igual, similar. Siempre tenemos un medio roce con ellos (sector I, el de los hombres). Siempre existe discriminación”, confiesa Frida.



Al sentenciarla a doce años de cárcel, el juez le preguntó a Jenny en dónde quería pasar sus días. Esta le dijo que en “Mariona”, como se le llama al centro penal “ La Esperanza”. El juez no dudó en aconsejarle que “en Mariona te van a quitar el pelo. En Sensuntepeque está el penal de ustedes los homosexuales”.



“Desde los 10 años me visto de mujer y jamás nadie me ha tocado el cabello. Es lo que más cuido y representa la mujer que llevo dentro. Por eso vine a este penal porque hay muchos privilegios para nosotras”, afirma Jenny.



Jenny no quiere conocer otro centro penitenciario. Presiente que si llega a otro lugar, será abusada sexual y físicamente. “De aquí quiero salir en libertad”, dice, mostrando sus uñas rojas.



Durante el día, los privados de libertad del sector II invierten su tiempo en trabajos manuales. Cualquier excusa para olvidar el encierro es bienvenida.



Jenny escrutó el infierno. La muerte de su pareja la hizo descender por un abismo interminable. La prostitución, las drogas y la violencia le arrebataron su dignidad, pero vio una luz al final del túnel. La terapia grupal de Alcohólicos Anónimos y la religión le hizo ver distinta la vida. Eso la salvó. También le planteó una encrucijada espiritual.



Los 365 días del ingenio artesanal

Ellas, como el resto de sus compañeras de celda, se levantan a las 6 de la mañana. Los buenos días se lo dan primero al espejo. Desayunan y luego se van a los distintos talleres y programas que ofrece el centro penitenciario. Ahí hay talleres de carpintería, cerámica, sastrería  y una panadería. Estas ocupaciones les distraen del encierro y les prepara para el día que recobren su libertad.



También hay ofertas académicas dentro del penal para aquellos que quieran superarse.  Existe desde primer grado hasta segundo año de bachillerato. Jenny se graduó recientemente de bachiller. No esconde su alegría cuando aborda el tema: “Yo siempre pienso positivo. Estoy siempre activa. Me gusta progresar, mover el dinero”.



Pero la mujer que llevan en sus venas no es libre del todo dentro de la penitenciaría. Los beneficios académicos y laborales no lo son todo para ellas. Las autoridades del penal las conciben como hombres, por eso está prohibido que usen ropa interior de mujer. Los maquillajes y todos aquellos atuendos y cosméticos que les permitan sentirse guapas y femeninas están vetados.



Pero el ingenio no conoce cárcel. Frida y Jenny se las arreglan para ser ellas.



“Nosotros hacemos blusas y tangas hechizas. De la madera de las paletas hacemos las limas para tener bonitas las uñas”. Del color ni hablar. Se van a los talleres donde sus compañeros de cárcel del sector I. Ahí piden un chorrito de pintura de agua, con eso tienen un esmalte que les durará una buena temporada.



El delineador salía del tile cuando dentro de la cárcel existían las cocinas, confiesa Jenny. A falta de eso, Frida y Jenny usan el polvillo del yeso para maquillarse, no es para menos, tienen sus razones de sobra: “Me gusta que un hombre me halague, me enamore. Me gusta sentirme bonita”, afirma Jenny con timidez, como si viese venir de algún lugar una implacable burla.



El ingenio también es parte del terreno sexual y de la salud. Otro punto que está prohibido en los centros penitenciarios es el ingreso de preservativos. Durante las requisas, cuando estos son encontrados, son decomisados. El alegato de las autoridades es que un preservativo podría alojar microchips telefónicos, droga, etc.



Pero cuando los cuerpos se buscan, se entrelazan y se funden lejos de la mirada de los custodios, Jenny y Frida afirman tener bajo la manga un plan de seguridad.



“Uno se las ingenia…” Jenny ríe a mandíbula abierta. Lejos de la imaginación está su pasado de drogas, alcoholismo, violencia y prostitución en Guatemala. Los golpes de la vida le dejaron, sin duda alguna, buena escuela a Jenny.



“La inteligencia es permitida, siempre y cuando no sea descubierta”, reconoce Jenny antes de reventar en una carcajada que contagia a su compañera de cárcel.



El sector II tiene que lidiar aún con muchos prejuicios y atropellos dentro de la cárcel. Durante las requisas, aquellas cosas que crearon artesanalmente son decomisadas. Los aretes, blusas, ropa interior femenina y maquillaje, para las autoridades, no son parte de esta comunidad que es homosexual, que busca abiertamente una identidad femenina día tras día.



Pequeños cambios

Para nadie es un secreto que las cárceles de El Salvador han sido una bomba de tiempo y la universidad del terror y zozobra de la población salvadoreña, pero eso, según declaraciones de los mismos trabajadores de la Dirección de Centros Penales de El Salvador y de los consultados por ContraPunto, está cambiando.



Los programas de educación y reinserción social, empujados por las nuevas autoridades, llegadas con el nuevo gobierno, están convirtiéndose en una apuesta contra la violencia y el crimen organizado. En lo referente a la comunidad homosexual privada de libertad en los distintos centros penitenciarios, existen proyectos casi consolidados con apoyo de la empresa privada.



Un privado de libertad de la comunidad homosexual elabora una atarraya. La empresa privada estaría brindando más apoyo a los reclusos, según informaron fuentes de la Dirección de Centros Penales



La jefa de la Unidad de Diversificación del Trabajo Penitenciario, Rosa Emilia López, quien ha transitado del gobierno del partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) hacia el nuevo gobierno de Mauricio Funes, afirma que los privados de libertad ahora son prioritarios desde el punto de vista humano.



“En las administraciones anteriores no había un interés por ayudarle a estas personas (comunidad homosexual en los centros penales). A la anterior administración no le interesaban las capacitaciones (para privados de libertad). Ahora estamos ganando becas para personas en fase de confianza y semilibertad”.



López afirma que el gobierno anterior no se preocupó por los programas, financiamiento y monitoreo de las acciones que implementaba la Unidad de Diversificación del Trabajo Penitenciario.



También, López asegura a ContraPunto que esta dependencia de la Dirección de Centros Penales, está gestionando la posibilidad de que se imparta talleres de cosmetología a la comunidad homosexual del sector II del penal de Sensuntepeque. Pero lo que se implementará en los próximos días serán los trabajos de piñatería y tarjetería.



A simple vista las manualidades podrían juzgarse de tonterías que no dan frutos, pero pasar recluido 4.380 días viendo las mismas caras y paredes, sin privacidad y sin ningún minuto de silencio, cualquier distracción es válida para olvidar el encierro. Adherirse a estos programas permite además gozar con los años de libertad condicional o de un empleo al dejar la prisión.



La funcionaria admite que “en años anteriores la empresa privada no nos había dado tanto trabajo como ahora, a pesar de las emergencias y las malas famas”. López alega que el cambio estriba en la nueva voluntad que ha manifestado la dirección de Centros Penales hacia los reclusos.



Si hay una realidad que es un secreto a voces en las cárceles de El Salvador es el VIH. Un problema que golpea a toda la comunidad privada de libertad en el país. El penal de Sensuntepeque viven con el virus alrededor de 15 personas, asegura la jefa de la Unidad Médico Odontológica, Aracely Estrada Moncada. Este número varía según el movimiento de los reclusos.



Moncada asevera que hay voluntad para que exista una clínica que atienda estos casos, y aclara que no es porque se trate de la existencia de una comunidad homosexual identificada en el reclusorio. Acercando una clínica a la penitenciaría, garantizan que todos los que necesiten beneficio médico lo obtengan. La especialista añade que cada seis meses en todos los centros penales se realizan jornadas para incentivar la prueba del VIH. Solo quienes tienen visitas íntimas son sometidos a pruebas obligatorias para proteger la salud de los reos. El día de la visita íntima se les proporciona preservativos a las parejas.



La viceministra de Salud, Violeta Menjívar, en declaraciones a ContraPunto, coincide con Moncada en que “los VIH positivo, aunque sean asintomáticos, merecen respeto, atención, consejería y educación. Eso es lo que estamos haciendo en los centros penales”.



Cuando la cuesta se empina

Frida y Jenny tendrán que pasar un lustro con unos años más para ver el día que recobren su libertad. Desde ya sueñan con “otro mundo posible” para sí mismos, pero hacer real su mundo les será difícil: tendrán que lidiar con la estigmatización de su preferencia sexual y la de haber purgado una pena en un centro penitenciario.



El director de la asociación Entre Amigos, William Hernández, quien con su entidad brinda educación sexual a homosexuales, lesbianas y transgénero, analiza desde el terreno jurídico que la comunidad homosexual vive en un limbo porque civil y penalmente “la figura jurídica de orientación sexual e identidad de género no existe”.



Ese vacío permite que desde el Estado se atropellen los derechos de esta comunidad y que la sociedad reproduzca esta violación. Hernández cita el clásico ejemplo a la hora de sacar el Documento Único de Identidad (DUI). En este trámite, a las personas transgénero las obligan a lavarse la cara y a recogerse el pelo “a parecer hombres que no son”. Esta práctica lesiona la dignidad y derechos de la comunidad homosexual.



Pero esa situación no solo la enfrentan en la dinámica de la sociedad, en la cárcel misma su “derecho a ser” ya suma derrotas. Hernández afirma que este atropello (decomiso de aquello que les permite reafirmar su identidad), no solo queda a discreción del director de un penal, es parte de también de las violaciones del Estado.



“Negar a una persona el vestirse, sentirse, comportarse de determinada forma, es violentar sus derechos humanos a su libre determinación, a su derecho de lo que él o ella quiere ser”, analiza Hernández.



Hernández comentó el reciente atropello que sufrió un transexual al momento de entregar una encomienda en una oficina. Una mujer se rehusó a recibir el envío si este no le daba su nombre real.



El panorama dentro de las cárceles tiende al cambio, al menos Frida y Jenny están agradecidas con la directora de la penitenciaría de Sensuntepeque, Rosa Margarita Acosta, de hecho, no ocultan su miedo cuando finalice su período y llegue otra dirección. “Hemos logrado bastante porque nos toma en cuenta”, reconoce Frida.



Jenny y Frida tienen planes cuando salgan de la cárcel. Frida quiere dedicarse a la cosmetología. Jenny pondrá una panadería y se dedicará al comercio informal. Paradójicamente, luego de tantas discriminaciones y luchas, ambas admitieron que les gustaría dejar de ser homosexuales, como si fuera así de simple.



La ortodoxia y radicalismo de la religión dentro del recinto les ha calado en su fuero interno.



“Me gusta la presencia de Dios, se siente muy bonito. Yo respeto a Dios. No sé por qué salí así. El único pecado que tengo es ser homosexual”.



—Jenny, ¿te incomoda ser homosexual? —le pregunto.



No, me encanta ser homosexual. Yo le pido a Dios que en otra vida me haga una persona normal. ¡Cómo me hubiera gustado tener hijos!