miércoles, 30 de septiembre de 2009

La muerte del hombre La Nación COSTA RICA

La condición masculina se encuentra contra la pared


CARLOS CORTÉS

Escritor

carloscortes@racsa.co.cr


Mucho se ha discutido si el cambio cultural determinante del siglo XXI provendrá de la biotecnología, la realidad virtual, la crisis climática o el regreso de Dios, de la religión, como núcleo de la civilización judeocristiana.


No lo sé, pero sin duda uno de los hechos más relevantes, tanto o más que los anteriores, será la muerte del hombre occidental o, dicho con mayor precisión, de la condición masculina dominante. Si hace 127 años, en La gaya ciencia , Nietzsche proclamaba la muerte de Dios, de su idea como centro de todas las cosas, hoy la realidad proclama el fin de la hegemonía de su principal representante sobre la Tierra, el macho alfa.


¿Qué es ser hombre varón, macho, masculino en el 2010, al menos en Occidente? No hablo de un problema filosófico –que también lo es– sino cotidiano.


El reciente magnicidio de un padre que asesinó a sus dos hijos y luego se suicidó lo confirma. Lo que este hombre intentó realizar fue un femicidio simbólico; es decir, peor que un femicidio real, al intentar destruir a la mujer emancipada a todo el género, tratando de demostrarle que, aunque quiera, no es dueña de su propio destino.


¿Puede un hombre vivir en el siglo XXI sin ser el centro de la familia –para ya no hablar de la creación– el pater proveedor, el todopoderoso patriarca de sus hijos, el dueño del deseo de “su” mujer? Sí, claro, pero no es fácil.


¿Puede un hombre llorar porque le sean infiel, porque sienta que no cumplió (“como hombre”), porque no sepa amar a sus hijos, porque no sepa hacerse amar por quienes supuestamente ama y lo aman, y seguir siendo un hombre?¿Puede un hombre declararse vencido sin sentirse un ser fallido? ¿Puede llorar, sentir, fracasar, conmoverse, emocionarse, reconciliándose con sus debilidades y limitaciones? Por supuesto, pero no todos lo logran.


Crisis de lo masculino. Quizá no entendamos a cabalidad lo que esto significa. Hasta hace 70 años, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, todos los referentes humanos –todos– eran masculinos.


A imagen y semejanza del hombre –y no al revés– Dios era macho, blanco, barbado y todopoderoso; hoy, no lo sabemos. La muerte de Dios, en el siglo XIX, más allá de la religión, puede interpretarse como el fin de la autoridad patriarcal en tanto principio absoluto.


El siglo XX occidental –insisto– parece haber conocido la crisis de todos los atributos del poder masculino, desde el Estado, la economía y el lenguaje hasta la familia y la sexualidad. La revolución femenina no fue tanto el resultado de la contracultura o de los movimientos de liberación como de una realidad económica abrumadora. La incorporación de la mujer al sistema productivo transformó para siempre la familia y redimensionó el papel del patriarca.


Si a esto le sumamos la píldora del mes anterior o del día después, las técnicas de reproducción asistida y hasta las bajas tasas de natalidad, es fácil comprobar por qué la hegemonía masculina se siente y está amenazada.


¿Qué queda del macho? La mitología del príncipe azul fue sustituida por la de la pastilla azul: la viagra. Y esta parece ser la única buena noticia que últimamente hemos recibido en el reino de Testosteronia.


Pero, con o sin “doping”, el imaginario colectivo que proponen la publicidad, la moda y los medios de comunicación exaltan una nueva masculinidad, lampiña, nada de mostacho latinoamericano ni barba bíblica, andrógina y abierta a la diversidad sexual, que no tiene nada que ver con los valores patriarcales, sino con los del individualismo. Pero, incluso la búsqueda del placer, hasta hace poco un reducto masculino –recordemos la ablación– dejó de ser patrimonio exclusivo del macho.


Entonces, ¿qué queda del hombre si “no cumple”? ¿Qué queda de su poder, de su vigor y de su fuerza?


Por desgracia, le queda un ámbito que siempre ha sido de su estricta competencia: la violencia. La cantidad de femicidios y la crisis de violencia de género que experimenta Iberoamérica demuestran que, bajo ciertas circunstancias, el macho herido no puede relacionarse de otro modo con la mujer, si no es por medio del dolor, el terror o la muerte.


Contra la pared. Si el poder simbólico no surte efecto –la amenaza de algo peor– , el macho recurre a la violencia real, y si esta tampoco funciona, ¿qué queda? La violencia contra sí mismo y contra los seres indefensos. Así, la condición masculina se encuentra contra la pared, acorralada por la impotencia moral, no por la impotencia sexual.


¿Por qué se suicidan los hombres? Porque no tienen hacia dónde correr y “los valientes no corren”.


El hombre del siglo XXI tendrá que reconciliarse con la mujer y con su mitad femenina antes de reconciliarse consigo mismo, aceptar lo que no tiene de Dios todopoderoso para asimilar lo que tiene de ser humano.


Para recuperar su poder, tendrá que entender que no lo tiene por herencia genética o derecho divino. ¿Cómo lo hará? Todos los días me lo pregunto y todos los días, a cada instante, lo vivo.

FUENTE: http://www.nacion.com/ln_ee/2009/septiembre/30/opinion2106802.html