domingo, 12 de julio de 2009

Reflexiones de Hugo Huberman ARGENTINA

Tod@s hace tiempo vengo insistiendo en mi trabajo y en mi pensamiento, dos cuestiones fundantes del tiempo que atravesamos hoy.


La masculinidad hegemónica como factor de riesgo en hombres, mujeres, chicos y comunidades en su conjunto.


La crisis de los cuidados , especialmente vinculados a los niños y niñas , sin dejar de pensar en tod@s.


Argentina hoy tiene una de las crisis mas fatales disimulada, es la falta de datos concretos e información precisa que nos permitan ver a través del agua, lo que estamos haciendo bien o mal.


Hoy sabemos algo de la gripe, poco, no sabemos ni lograremos saber ni cantidad de personas con ella ni cantidad de muertos, solo sabemos, dato no menor, que esta presente claramente en una franja de gente joven que va entre los 16 años y los 40 años "sanos”.


Estoy convencido, digo afirmo que si pudieramos saber los datos de ese grupo etáreo, los hombres, prevalecerían como grupo mayoritario, confirmando mi percepción de la urgencia que hoy nos toca atravesar a “ los masculinos” .


¿Cuál sería la “ causa “ de esos datos?


La formación y educación que hemos recibido diciéndonos que:


Si somos bien hombres, nada nos pasará, somos fuertes y aguerridos, podemos con todo.


NO debemos cuidarnos, pues somos bravos e imbatibles, a mí no me pasará nada.


Si tenés algún síntoma , aguanta , aguanta , alguién proveerá , por otro lado , estar enfermo en nuestra sociedad, todavía, sobre todo entre hombres, es una señal de debilidad.


Muchos hombres consideramos una enfermedad como error en su sistema. Estar enfermo significa haber fracasado. Mientras que la enfermedad o el dolor no influyan su trabajo o su vida privada, no se consideran enfermos ni van al médico.


Se juntan muchas excusas para no ir al médico, como la falta del tiempo, o porque hay tanto trabajo, pero una cerveza o un partido de futbol con los amigos sí es posible.


Gran parte de los hombres deciden consultar al médico cuando ya están extremadamente enfermos, imposibilitando así cualquier posibilidad de abordaje preventivo.


Tampoco es casual a mi entender , al edad de ese grupo etáreo , que representa dentro del grupo de riesgo “ hombres” , el de mayor riesgo; pues transcurre la edad en que lo hegemónico se naturaliza en articulación precisa con la demanda social, es como si tuvieran un cartel luminoso , aquí estamos , vengan por nosotros


Si tomamos en cuenta este suceder, nos lleva como de la mano a la segunda afirmación,


La visión dicotómica de la realidad de la que partimos, la idea de que existen espacios sociales diferenciados y que lo "público" (el estado, los mercados, el trabajo asalariado...) tienen poco o nada que ver con lo "privado" (los grupos familiares, las redes sociales, el trabajo de cuidados...) no es más que una falacia que nos impide ver los íntimos mecanismos que hacen funcionar en todo su esplendor la estructura del sistema.


Creo que es absolutamente necesario romper esta dicotomía y empezar a plantearnos una visión integral del mundo en que vivimos, no sólo para poder entenderlo, sino para poder imaginar un mundo diferente, una sociedad organizada en torno a las necesidades humanas, y luchar para conseguirla , preguntándonos tod@s , ¿Cuales sería las necesidades básicos de los humanos y humanas?


¿El cuidado es una de ellas?


Partir de esta perspectiva, a pesar de la dificultad que entraña determinar qué consideramos como necesidades humanas, nos permite visualizar la precariedad de una manera muy amplia, tanto de las formas en las que se manifiesta, como de las personas o grupos sociales que la padecen.


Las necesidades tienen un carácter multidimensional.


Existe una dimensión material de las necesidades: necesitamos comida, vivienda, abrigo, agua... pero también una dimensión inmaterial que hace referencia a los afectos, las relaciones sociales, la libertad, la autonomía... Estas dos dimensiones no son escindibles y no pueden comprenderse por separado. Si padecemos una enfermedad grave necesitamos medicinas y un hospital, pero también afecto y apoyo emocional para superarla.


Necesitamos relacionarnos socialmente, pero para relacionarnos necesitamos un espacio material en el que hacerlo.


Tener en cuenta estas dimensiones es muy importante para comprender que también la precariedad es multidimensional y afecta de forma combinada a elementos materiales e inmateriales. Una persona joven que no puede asegurarse recursos monetarios suficientes para independizarse puede tener garantizadas muchas de sus necesidades (casa, comida, afecto...), sin embargo carece de algo que consideramos indispensable: la autonomía.


Una persona inmigrante puede disponer de dinero, pero puede tener serias dificultades para que le alquilen una vivienda o para relacionarse con el vecindario.


Una trabajadora sexual puede tener asegurados recursos monetarios suficientes para vivir, pero la persigue un estigma social que precariza no sólo sus condiciones laborales sino su vida entera.


Una persona presa tiene garantizada la satisfacción de las necesidades materiales más inmediatas, pero no tiene libertad ni puede disponer cotidianamente del afecto y el apoyo de las personas que le quieren.


Como podemos ver, los recursos a los que nos referimos para poder satisfacer nuestras necesidades, para vivir una vida que merezca la pena ser vivida, son de índole muy diversa.


Equiparar bienestar con ingresos monetarios, capacidad de satisfacer necesidades con capacidad de consumo o satisfacción de necesidades con empleo es una visión reduccionista que no tiene en cuenta que muchas de las necesidades humanas (y en algunos casos las más importantes) se resuelven desde ámbitos que poco tienen que ver con el mercado.


Éste es el caso de las necesidades de cuidados, que se satisfacen mayoritariamente desde el trabajo no remunerado.


Pero cuando hablamos de necesidades no sólo estamos hablando de recursos, también estamos hablando de derechos, la precariedad también se manifiesta por la falta de derechos sociales, que apenas son reconocidos como tales en la actualidad, sobre todo en el caso de algunos colectivos. De este modo hemos llegado a la siguiente definición de precariedad: desigualdad institucionalizada en el reconocimiento, el acceso y el ejercicio de derechos, lo que supone la imposibilidad real de disponer de un modo sostenido de los recursos adecuados para satisfacer necesidades(2). La precariedad, por lo tanto, indica siempre un déficit en derechos y recursos.


Tomamos esta definición como un punto de partida que no sólo nos está permitiendo tener una visión amplia de la precariedad en la vida, sino que nos facilita introducir en nuestro análisis diferentes ejes de poder (clase, raza, país de origen y género) y por tanto diferentes formas y contenidos de la precariedad. Incluso diferentes imaginarios.


Cuando hablamos de cuidados nos estamos refiriendo a una necesidad de todas las personas.


Necesitamos alimentarnos, y que sea de forma conveniente; necesitamos vivir en un lugar lo más cómodo y aseado posible; necesitamos compañía y afecto; necesitamos cuidar de nuestra salud y de nuestras enfermedades... Sería difícil enumerar todas las actividades que realizamos diariamente para nuestra sostenibilidad y la de las personas que nos rodean.


La necesidad de cuidados requiere para su satisfacción de un trabajo: el trabajo de cuidados.


Este trabajo es el que se ha denominado tradicionalmente "trabajo doméstico" cuando lo que se enfatizaba era el componente material de estas actividades (limpiar la casa, hacer la compra y la comida, lavar la ropa...) y no se percibía que incluso en estas actividades que pueden considerarse tan mecánicas estaba presente un componente afectivo y relacional.


La idea de trabajo de cuidados es mucho más compleja y no sólo resalta sus facetas inmateriales, sino que incorpora una visión multilateral que muestra cómo se entrelazan muy diversas actividades(3), que se desarrollan en diferentes espacios, con un único fin: la sostenibilidad de la vida.


Todas las personas necesitamos cuidados. En algunos casos pueden ser resueltos por una/o mismo, en lo que denominamos autocuidado(4), pero otras no, como puede ser la necesidad de compañía, afecto o reconocimiento. Además, las personas somos seres sociales y formamos parte de redes donde se da el cuidado mutuo(5).


Sin embargo, hay determinados grupos de personas que no pueden hacerse cargo de gran parte de su autocuidado, ni pueden participar de forma recíproca en lo que hemos denominado "cuidado mutuo". Es el caso de las personas dependientes(6). Cabe destacar que todas las personas pasamos, a lo largo de nuestra vida y en diferentes facetas, por fases de dependencia. Es decir, la dependencia no es una condición absoluta de un grupo social frente a otro.


Sobre las personas dependientes queremos hacer una primera salvedad. Normalmente se entiende por tal aquellas personas que por su edad (niñas y niños o mayores) o por situaciones de enfermedad o discapacidad (temporal o definitiva) tienen que depender de otras personas para tener cubiertas sus necesidades de cuidados. Sin embargo, también queremos llamar la atención sobre lo que hemos denominado "dependientes sociales". En este grupo situamos a un gran número de hombres (todavía la inmensa mayoría) que son dependientes porque no tienen ni la formación para cuidarse ni quieren hacerlo(7).


Queremos detenernos en este punto, no sólo porque nos parece errónea la idea de independencia que se maneja habitualmente, sino porque está directamente relacionada con las dos lógicas antagónicas que subyacen en la falsa dicotomía público / privado que mencionábamos al principio de este texto.


Los seres humanos somos seres sociales y como tal interdependientes(8). El concepto de autonomía de la retórica liberal del contrato, en la que se fundamenta la sociedad moderna, está basado en un ser fantástico: el ciudadano, un ser autónomo, autosuficiente y libre de ataduras. Un propietario (por lo menos de su cuerpo para poder vender su fuerza de trabajo) que puede contratar libremente con otros propietarios. Un intercambiador en búsqueda de rentabilidad, que puebla los mercados y que, persiguiendo su beneficio individual, organiza la sociedad. Un ente que no necesita ser cuidado y que no tiene que cuidar de nadie. Un individuo que huye del reino de la necesidad para llegar al reino de la libertad. Este ser humano imposible, construido por y para los varones blancos(9), es el modelo social por excelencia y constituye el sujeto de los mercados capitalistas. Hablamos de un ciudadano de mercado, regido por su misma lógica implacable de acumulación y por el único objetivo de obtener beneficios.


Pero este modelo de ciudadano no deja de ser una abstracción que excluye las facetas humanas que no pueden expresarse en las relaciones mercantiles. Por ello es imprescindible la existencia de otro espacio donde pueda reconocerse la materialidad de los seres humanos: sus cuerpos, su subjetividad y, por tanto, sus necesidades. Un espacio regido por una lógica humana, en el que se desarrollen los cuidados, los afectos y las relaciones de reciprocidad. Un espacio para las mujeres, las "no-ciudadanas", que tenga como objetivo prioritario la sostenibilidad de la vida. Y este espacio y quienes lo habitan son considerados dependientes, de los mercados, de los ingresos que vienen del empleo etc. Otorgar la categoría de autónomo al ciudadano de mercado frente a la condición de dependiente de la no-ciudadana cuidadora no es una maniobra inocente, sino que pretende ocultar el conflicto existente entre la lógica de acumulación y la de cuidado de la vida.


Esta visión dicotómica de la sociedad no sólo establece un escenario dual, sino que "los diversos pares que forman la estructura binaria del pensamiento occidental se unen y retroalimentan: público/privado, mercado/familia, egoísmo/altruismo, empleo /cuidado, autonomía/dependencia, racionalidad/emotividad, civilización/naturaleza... Pero la valoración social sólo recae en el primer elemento de cada par"(10) ('Precarias a la Deriva', 2003). Lo que se prioriza, en definitiva, son los mercados capitalistas y su lógica de acumulación, que se constituyen como eje de la organización social. Las necesidades humanas quedan relegadas a un segundo plano y serán resueltas siempre que exista una demanda solvente que procure beneficios a los mercados.


Pero también esta formulación sitúa a mujeres y hombres en distintos espacios y les asigna distintos roles y distintas posiciones de poder. Las habitantes del espacio privado, responsables de la familia y dedicadas a los cuidados, quedan subordinadas a los varones ciudadanos(11), a los que deben garantizar sus servicios mediante otro contrato: el contrato sexual(12).


Este modelo, que ha servido de base para la constitución de la sociedad moderna, queda patente en la estructura mediante la cual se han resuelto tradicionalmente los cuidados: la familia. En el conjunto del mundo occidental y también en el estado español, los años dorados del capitalismo que vinieron tras la II Guerra Mundial se basaron en lo que llamamos la familia nuclear fordista (hombre ganador de ingresos monetarios – mujer ama de casa dedicada a los cuidados) que ha sido una forma de organización social imprescindible para el funcionamiento de la sociedad de mercado.


A pesar de que la familia fordista ha sido más que una realidad un ideal social(13), lo cierto es que este modelo consiguió que las mujeres se hicieran cargo de forma obligatoria, aunque naturalizada, de los cuidados, resolviendo mediante su trabajo no remunerado la responsabilidad social de sostener la vida.


El trabajo no remunerado de las mujeres no sólo ha sido crucial para resolver la demanda social de cuidados, sino que ha sido imprescindible para que pudiera producirse el desarrollo capitalista tal y como lo conocemos.


Ideas como estado del bienestar o pleno empleo se han formulado sin tener presentes el papel determinante del trabajo no remunerado de las mujeres, ni su exclusión mayoritaria del empleo.


Bien la gripe ya esta aquí, sostenida mayoritariamente por el colectivo femenino, una vez más doble, triple, cuadruple trabajo y responsabilidad única, queda claro, QUE NO ALCANZA, u que vuelve a vulnerabilizar cada vez mas a los mimos mujeres y niños ..............


¿Hasta cuando?


Abrazos

Hugo

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Hugo Huberman

Educador

Facilitador de Género, paternidades y familias.

http://hombrespadresfamilias.blogspot.com/

Buenos Aires

011 1535739909