martes, 23 de junio de 2009

La primera obligación para un hombre es no ser una mujer GENERO CON CLASE

La primera obligación para un hombre es no ser una mujer...

de Género con Clase

Por: Alba Carosio / Fuente: CELARG

Sólo sigo riéndome, escondiendo mis lágrimas porque los chicos no lloran

THE CURE BAND

…los chicos no lloran tienen que pelear…

Miguel Bosé


Leeremos a historia de Brandon (nacida Teena), desde el análisis feminista, poniendo el foco en los paradigmas de la masculinidad, y las consecuencias mortales para quienes tienen el atrevimiento del desafío al orden genérico-sexual establecido.


La norma del género


Tanto lo masculino como lo femenino son conceptos normativos, es decir, son algo más que condiciones sexuales, son prescripciones que marcan lo-que-una-mujer-debe-ser y lo-que-un-hombre-debe-ser para ser consideradas y considerados como tales, pero lo que es más importante para sentirse como tal. Desde el punto de vista feminista, la masculinidad no sólo da cuenta de las formas de los significados culturales asignados al hecho de ser hombre, sino también, a las formas en que los hombres ejercen el poder en la sociedad, y de cómo este poder asociado a lo masculino se incorpora en las estructuras e instituciones sociales.


Hay quienes piensan que sólo las mujeres tienen género, y solamente hablamos sobre ellas cuando asumimos esta perspectiva. Debe quedar claro que cuando hablamos de género y sus perspectivas, estamos haciendo referencia no solamente a diferentes maneras de estar en el mundo, sino a jerarquías y relaciones de poder que conforman el contexto de las relaciones entre los sexos. El feminismo descorrió el velo de la otredad, mostró la necesidad de explicarnos a nosotras mismas, y los estudios de género se abrieron a la relación desigual y de dominio, entre mujeres y hombres como propósito fundamental.


La masculinidad y la femineidad trascienden los cuerpos biológicos, la cultura de género produce identidades y subjetividades que guían el ser y el hacer de hombres y mujeres, de sus prácticas, de sus deseos, de sus actuaciones. La masculinidad (y la femineidad también, y más clara y profusamente expuesto) es una posición, que no es fija sino condicionada culturalmente, envuelve los las anatomías y las individualidades, y es referida a un colectivo: el de los hombres. Nuestro cuerpo “nos precede” como la sociedad en la que nacemos, esto nos determina cómo debemos hacernos mujeres u hombres en el deber ser social, adoptando el parecido a otros hombres y a otras mujeres, adoptando los rasgos que nuestra cultura atribuye a mujeres y a hombres.


En el concepto de “masculinidad” está la lógica que mantiene, produce y reproduce la asimetría de poder entre hombres y mujeres, es decir, la “masculinidad hegemónica” o “dominación masculina”, accediendo a la cual los hombres ejercen el patriarcado. La organización patriarcal de la sociedad tiene su base en el ejercicio de la masculinidad hegemónica.


La imbricación del poder y los atributos de la masculinidad es tal, que frecuentemente se utilizan imágenes, atribuciones y metáforas del poder “masculinizado”, para representar el poder en escenarios que no tienen que ver con los hombres y las masculinidades.



La masculinidad: cómo debe ser un hombre de verdad


El sistema sexo-género propone el “deber ser” de los varones, se espera que los hombres actúen en una dirección y no en otra, que tengan unas habilidades y no otras, que tengan unas actitudes y no otras, es decir que cumplan con el patrón exigido.


Mientras la feminidad aparece como “natural”, el hombre debe aprender a “ser hombre” y debe dar pruebas de ello. El hombre debe enfrentar tres luchas básicas en su vida: demostrarse a sí mismo y a los demás que no es mujer, que no es un niño y que no es un homosexual, lo que supone una permanente puesta a prueba de la virilidad.


La masculinidad se produce en una búsqueda permanente de reafirmación: mientras las mujeres no tienen obligación de estar demostrando constantemente que lo son, ser hombre es una condición que constantemente debe “demostrarse”. Podríamos parafraseando a Simone de Beauvoir, decir que no se “es” hombre, sino que se “demuestra”. Hay en la masculinidad la obligación constante de mostrar valor, dureza, fuerza, enfrentar peligros, ganar peleas, sobresalir en los deportes, tener sexualidad frecuente. Y estos comportamientos constituyen valores que arquitecturan una subjetividad en la que se confunden identidad personal e identidad de género. La masculinidad inscribe lo personal en una historia y un destino más amplio “cuyos contornos se desdibujan”, en el destino que marca el género.


La masculinidad parece ser producto del logro, el hecho de ser hombre no reside en la fisiología, sino en su comportamiento y en sus prácticas. Es necesario afirmarse como varón, como hombre, como niño y con prioridad establecer la diferencia con las mujeres. La principal y más clara definición cultural de lo masculino es “lo que no es femenino”. La masculinidad se construye como huida de lo femenino. A los varones se les empuja a evitar cualquier acción o comportamiento que pudiera asociarlos con las mujeres o lo femenino, se dice que “no es de hombres”. De manera que, lo masculino se constituye en el rechazo a lo femenino. La principal obligación de todo hombre consiste en impedir cualquier sospecha de feminización. La masculinidad es el repudio de lo femenino. Todo lo demás es una elaboración de esa primera regla.


Se llega a desarrollar la masculinidad destruyendo la influencia materna. Se debe eliminar de su propio cuerpo la influencia afeminante de las mujeres del grupo. La obligación impuesta a los varones se expresa de muy diversas formas: iniciaciones, chistes, sarcasmos, hasta castigos corporales a los varones que manifiestan conductas asociadas con lo femenino. Cualquier actividad o conducta identificada como femenina realizada por un hombre lo degrada. Una buena porción de tiempo de vida de los hombres e consagra a evitar sentir o expresar emociones que tengan semejanza o hagan la más remota evocación de las sensibilidades o vulnerabilidades identificadas culturalmente como femeninas o feminoides.


La dureza y el valor físico es uno de los rasgos masculinos de mayor valor. Duro entre los duros, el “hombre de verdad” no necesita ni se ata a nadie. Virilidad tiene su raíz en vir (varón), que a su vez, procede de vis (plural, vires) que significa fuerza, vigor corporal, ímpetu, violencia, fuerzas, tropas. Y hay tiempos supremos de la masculinidad que son los tiempos épicos: situaciones extremas en las que hay que demostrar fortaleza para poner en riesgo la integridad o la vida, luchas en las que hay que acabar con la vida de otros hombres o morir en manos de ellos, gestas y hazañas, justas y torneos demuestran la virilidad. La adquisición de la correcta masculinidad produce presiones para demostrar el arrojo y la destreza mediante prácticas temerarias, entre ellas, por ejemplo, la conducción de motocicletas y/o carros, u otros vehículos, con funestas consecuencias en muchos casos.


Hay que adquirir una dureza sin recaídas: la virilidad y masculinidad personales podrían desvanecerse si se ejercen y se mantiene una defensa ritual para conservarlas. La masculinidad es una cualidad en constante peligro.


Incluso hay toda una colección de modales bruscos que sirven para afirmar la masculinidad, porque hay que evitar toda suavidad que asemeje a lo femenino. Suele decirse de manera desvalorizadora “es un hombre demasiado delicado”. Dice Franco La Cecla (2005) que “Los machos se ven obligados –si quieren salir airosos de un mundo en que a los débiles no se les permite sobrevivir- a asumir una buena dosis de bellaquería.”


Pero también la virilidad se relaciona con la capacidad de un hombre de actuar sexualmente como tal, y con la potencia copulativa. La potencia se asocia con un instinto animal, que configura un impulso más fuerte que la voluntad, de manera tal que la razón no logra controlar el cuerpo y el deseo masculino. Por ello, el hombre se puede transformar en una especie de animal descontrolado con legitimidad. Esto los lleva a ejercer la violencia para satisfacer sus deseos. Los hombres ven en el sexo una manera de confirmar su masculinidad. La adecuación sexual masculina combina la dureza de sentimientos como continuo deseo de actividad sexual. [1]


Esta trama cultural libra al varón de sus responsabilidades sexuales, los hace irresponsables de sus actos o de las consecuencias de éstos. Y los lleva a distinguir entre sexo y amor. Esta construcción cultural de los cuerpos del hombre y de la mujer tiene profundas consecuencias en la reproducción: justifican mayores obligaciones de las mujeres en la reproducción, porque los hombres cuando se excitan no tienen control de sus cuerpos. También en el campo de la sexualidad, los varones que no son heterosexuales serían considerados no plenamente “masculinos”, una desviación biológica, enfermos.


Para alcanzar la masculinidad debida, es necesario ser validado por los pares. La plenitud se logra luego de experiencias iniciáticas o pruebas: donde los hombres se hacen tales. Se trata de la reproducción social de la masculinidad, para lo cual las distintas sociedades tienen rituales más o menos establecidos, tales son por ejemplo: la primera borrachera, las competencias adolescentes, las primeras peleas de puños, etc.


Hay deseo y necesidad de certificación masculina por los iguales (hombres reconocidamente heterosexuales y de la misma condición social del sujeto). Los hombres se encuentran bajo el permanente escrutinio de otros hombres, que son quienes “conceden la aceptación en el reino de la virilidad” (Kimmel: 1997). La virilidad se constituye en torno al ejercicio de una sexualidad activa, la demostración de fortaleza física y emocional y otras conductas prestigiadas.


La calle y los espacios físicos públicos son los lugares de encuentro masculino y de competencias, en donde se pueden evaluar atributos: competir para tratar de ganar, ser valiente, correr riesgos y no mostrar miedo, iniciarse en el sexismo y la homofobia. En el espacio público los hombres demuestran su fuerza, y su capacidad para ejercer violencia, y se les permite homologarse como varones. Aprender a estar con los hombres, o en el caso de los primeros aprendizajes deportivos a estar con los aspirantes al estatuto de hombre, obliga a los más jóvenes a aceptar la ley de los mayores, y el saber comportarse, el saber ser hombre.


Los cuerpos masculinos deben blindarse al dolor para poder hacer deportes correctamente, la habilidad deportiva es considerada una característica definitoria de la masculinidad exitora. Los pies, las manos, los músculos... se forman, se modelan, se endurecen, en una especie de juego sadomasoquista con el dolor. El aspirante debe aprender a aceptar el sufrimiento – sin decir ni palabra y sin “maldecir” - para integrar el círculo restringido de los hombres. La iniciación de los hombres, parece tener un movimiento inicial de sumisión y aceptación de las reglas y un movimiento posterior de competencia afirmadora. La responsabilidad de ser hombres lleva a responder a la violencia con violencia. Y ser trata de mostrar especial habilidad para las prácticas peligrosas. Pandillas y barras bravas son algunas de las formas que transforman a los varones en hombres de verdad. Las relaciones entre hombres, están estructuradas en base a la imagen jerarquizada de las relaciones hombres / mujeres. Los que no pueden demostrar que “las tienen bien puestas” corren el riesgo de verse marginados y considerados como dominados, como las mujeres.


El espacio homosocial es un lugar de camaradería y rivalidad entre los varones. Aquí se marca la diferencia entre el joven y el viejo; el mundo de las esperanzas y el del desengaño. En este espacio la sujeción y el control sobre la mujer es requisito. En estos espacios la vida de los hombres es un largo ritual confirmatorio de una masculinidad siempre escurridiza. Se trata de que la identidad masculina se adquiere a un alto precio.


Masculinidad y violencia


Sobre el suicidio de Mishima, L. Segal dijo: “Su furiosa búsqueda de la masculinidad... le provocó un deseo de purgarse de toda sensibilidad para poder convertirse en un objeto completamente viril, en un hombre pleno (cosa que no era posible hasta el momento de la autodestrucción, el momento de la muerte)”.


La capacidad para ejercer la violencia a través de la agresión física es otro de los recursos de poder que es deber de la masculinidad referente o hegemónica. Los síntomas de la condición masculina se rastrean en las estadísticas sobre muertes violentas, accidentes y suicidios, en la población de las cárceles: “ser varón es un factor de riesgo”. Ya en los años 70, Comisión nacional norteamericana para las causas y prevención de la violencia anotaba que “Demostrar la virilidad exige una manifestación frecuente de la propia dureza, la explotación de las mujeres y respuestas rápidas y agresivas", concluía el estudio.


El uso de la violencia es otro de los elementos que nos sirve para ilustrar la complejidad de las relaciones entre comportamientos, identidades e interpretaciones de la masculinidad. La violencia física puede ser interpretada como potencia, brutalidad, ignorancia o como patética fragilidad. La violencia parece servir de marcador de las masculinidades de agresores y agredidos, que se construyen dependiendo de los estilos de confrontación. Es necesario examinar las ideas que imponen cultivar un aura de atrevimiento y agresión, como indispensable en la conformación de la masculinidad. La violencia masculina es considerada hombría a su máxima potencia.


La violencia es un fenómeno distinto de la agresión, la asimetría es propia del acto violento, así como su carácter coercitivo y su remisión al concepto de poder. Su intención, más que dañar, es dominar, someter, doblegar, paralizar por medio del ejercicio de la fuerza, sea esta física, psicológica, económica, o sexual.


El ejercicio de la violencia por parte de los varones, no es producto de una naturaleza esencial o un yo deprimido, sino que deviene de la construcción social de la masculinidad, que aún en la diversidad de formas tiene como constantes: la separación violenta de la madre que representa lo femenino, el sometimiento a pruebas públicas de virilidad y la progresiva formación de una personalidad rígida y violenta. Se estimula en los varones las conductas violentas y temerarias. En Venezuela, algunas cifras sobre los varones jóvenes dan cuenta de la relación masculinidad y violencia: entre los 15 y 29 años la mortalidad masculina, triplica con creces a la femenina (en el año 2006 la proporción de muertes juveniles es de 17.2% masc. y 5% fem.; por cada muerte de jóvenes femeninas se producen cinco masculinas; 6 de cada 10 muertes de hombres jóvenes se producen por causas violentas; 93.5% de la población reclusa son hombres y 6,5% son mujeres).


La violencia masculina es producto de la socialización de género que norma una masculinidad machista: varones grandes consumidores de alcohol, preñadores, que se hacen respetar por la violencia. La expresión libre de la ira y la cólera en forma de violencia son características masculinas. Se podría decir que el varón libera su animosidad de manera más irreflexiva en público, mientras las mujeres guardan cierta reserva. La expresión o el significado de la cólera, de la agresividad y del odio son diferentes según se trate de un hombre o de una mujer. (Alain Braconnier, 1997)


Para Kimmel «La violencia ha sido parte del significado de la masculinidad, parte de la forma en que los varones han medido, demostrado y probado su identidad. Sin otro mecanismo cultural por el que los jóvenes puedan llegar a verse como hombres, han asumido la violencia como el camino para hacerse hombres» (Kimmel, 2001, p. 68).


¿Cómo podemos hablar acerca de la violencia sexual y las violaciones sin confrontar la ideología de la masculinidad que exige que los hombres se sientan poderosos cuando en realidad no lo son?


Michael Kaufman habla de las siete Ps de la violencia masculina: 1) Poder Patriarcal, que establece una tríada de violencia; violencia contra otros hombres, contra las mujeres y contra sí mismo; 2) Privilegios: noción de derecho a privilegios; 3) Permiso: la violencia no sólo es permitida; también se glamoriza y se recompensa; 4) Paradoja del poder de los hombres: inseguridades personales conferidas por la incapacidad de pasar la prueba de la hombría, o simplemente la amenaza del fracaso llevan al aislamiento y la violencia es un mecanismo compensatorio; 5) Psiquis de la masculinidad: alejamiento del cuidado, incapacidad para experimentar cercanía y comprensión de los sentimientos de los otros, es fácil ejercer sobre ellos la violencia; 6) Presión: para muchos hombres el sentimiento que goza de validación es la ira; 7) Pasadas experiencias: niños que crecen con experiencias de hostigamiento y brutalización.


Trasgresión, violencia y muerte


La vida y la gesta de Brandon en la película “Los niños no lloran”, interpela a la masculinidad, la pone en cuestión, tematiza la rebeldía ante su hegemonía. Con la existencia de Brandon, las fronteras de género tienden, por el lado de los hombres, a descomponerse, a explosionar, haciendo saltar en mil pedazos lo masculino. Y para colmo, en un ambiente como el de Nebraska, donde las botas y las camisas a cuadros marcan la imagen de campero, quintaesencia de la virilidad.


Brandon entiende oscuramente que los límites genéricos tienen leyes estrictas y su deseo no consiste conscientemente en transgredirlas sino en saltar al otro lado, al lado masculino. De ahí el corte de pelo, el vestuario, la aceptación y participación en los ritos de iniciación a la masculinidad, la participación en el torneo de la virilidad. Brandon se embarca en búsqueda de la masculinidad.


Sin embargo, hay características personales que según la percepción de las mujeres con las cuales establece relaciones de complicidad, hay una intimidad “rara”, es percibida como imposible entre las mujeres y los hombres corrientes, una sutileza en las relaciones y un estar abierto al otro, que se experimentan como “especiales”. Porque las actitudes “no encajan” en el sistema sexo-género que muestra la única posible masculinidad, la de la hegemonía y violencia, completamente alejada de lo femenino y sus saberes, pareces y actitudes. Y en este particular podríamos hacer referencia al Manifiesto de las Lesbianas Radicales, que señala:


...debería comprenderse primero que el lesbianismo, como la homosexualidad masculina, es una categoría de comportamiento posible únicamente en una sociedad sexista caracterizada por roles sexuales rígidos y dominada por la supremacía masculina. Estos roles sexuales deshumanizan a las mujeres al definirnos como una casta de apoyo/servil en relación a la casta superior de los hombres, y mutilan emocionalmente a los hombres al exigirles que estén alienados con respecto a sus propios cuerpos y emociones para poder realizar sus... [prescritas] funciones de manera efectiva."


The Woman-Identified Woman (La mujer identificada con la mujer) fue un manifiesto escrito por Radicalesbians (Lesbianas radicales) en 1970


La violencia no es sólo acción de dominio sobre alguien en contra de su voluntad, sino que se concreta en dependencia que quién tiene el poder y cómo se legitima, y cuál es el orden dentro del que se da. Es claro que la violencia de género, está naturalizada. La violencia del poder masculino –en el ambiente pueblerino en el transcurre “Los niños no lloran” y en muchos otros más- está promovida (aunque no aceptada) por los rituales de masculinidad que acatan hombres y mujeres.[2]


Y claro, qué mayor trasgresión al orden masculino puede haber que una mujer que usurpa la condición de hombre, y para más, logra conseguir el interés y el amor de las mujeres deseadas, de las mujeres trofeo del pueblo (“los ojos azules más bellos de Texas”). Una puesta en cuestión de esta índole, solamente puede pagarse con la muerte, y con la muerte que además incluye la violación, claramente realizada como demostración de poder. “Hacer mujer” a una mujer que ha optado por amar a otras mujeres, implica usar su cuerpo para “despertarlo” y devolverlo a la “normalidad”. Se viola y se mata para mantener el orden de género, su dividendo patriarcal y el poder establecido. Lo demás son simplemente daños colaterales.


Referencias Bibliográficas


Careaga Pérez, Gloria y Cruz Sierra, Salvador. (2006) Debates sobre masculinidades: Poder, desarrollo, políticas públicas y ciudadanía, México: UNAM, Facultad de Filosofia y Letras. Programa Universitario de Estudios de Género.

Inda, Norberto. (1996) “Género Masculino, Número Singular”. En Burin, Mabel y Dio Bleichmar, Emilce. (1996) Género, Psicoanálisis y Subjetividad, Buenos Aires: Paidós.

La Cecla, Franco (2005) Machos sin ánimo de ofender, Buenos Aires: Siglo XXI.

Braconnier, Alain (1997) El sexo de las emociones. Santiago de Chile: Editorial André Bello.

Kimmel,M. (2001): «Masculinidades globales: restauración y resistencia», en C. Sánchez Palencia; J. C. Hidalgo (eds.): Masculino plural: Construcciones de la masculinidad, Lleida: Universitat de Lleida.

Notas

[1] Kimmel “Lo sexual para ellos es apasionado, explosivo impulsivo, espontáneo, mientras que lo seguro es suave, tibio, acariciable, así, cuando decimos "sexo seguro" lo que ellos escuchan es "dejen de tener relaciones sexuales como hombres". Por eso es tan difícil hacer que los varones heterosexuales practiquen el sexo seguro.”

[2] Veamos por ejemplo la forma en que reaccionan los hombres y las mujeres frente a los niños y la frase que le dicen a Brandon la amiga que lo hospeda “oh, tú eres bueno con los niños”. Una de las mayores demostraciones de poder masculino es pensar que tienen completo derecho a sentirse muy molestos por la conducta y llanto de los bebés.

Género con Clase

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